
Cuando el temor alcanza mis días; cuando hace prisionera a mi mañana; cuando la incertidumbre decide dejar de vestirse de verde; cuando a la duda le entra hambre y devora mi sueño; cuando la realidad se desborda inundándome de responsabilidad; cuando cambiar la vista no cambia el paisaje; cuando los espacios se unen y trabajo es espina y familia es espina y los amigos me pillan lejos, a kilómetros de silencio; cuando sólo estirar el cuello me salva del agua...
Brota como fuente inagotable e insaciable, más fuerte cuanto más se aplaca. Recibir y crecer es el aire que respira. Y se multiplica. La primigenia (le he robado esta palabra) duplica continuas imágenes de ella que se desperdigan por mi ambición.
Necesidad de sentirle mi Señor. De notarle los gestos en cualquier rutina, en cualquier palabra, en cualquier mirada, en cualquier momento...
Necesidad de rol de niña adentrándose en frases susurradas que mi cuerpo convierte en fluido de mujer modelada al tacto.
Necesidad de que continúe, sed de principio.
Necesidad de futuro montado en advertencias.
Necesidad de parir necesidad.
Necesidad de imaginar consecuencias.
Necesidad de querer, hambre de querer, ansia de querer.
Necesidad de demostrarlo sin saber.
Necesidad de saber.
Necesidad de equilibrio en el vértigo de sus rodillas, asegurada en la red de unos azotes.
Necesidad de entregar mi cuerpo para complacer su cuerpo sin empujar al miedo que me da tanta necesidad.
Necesidad de estruendo de explosión que rompa un gemido silenciado.
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